Juega a ser el Mago de tu vida y la vida se convertirá en mágica


Les comparto parte de un cuento que me resultó sabio y maravilloso, antes de tu queja "Es muyyy Largo", el texto y su contenido, bien lo valen!

En el Cielo no existen fallas. Los Maestros son perfectos.

Sólo a veces algunas almas juguetonas que habitan los planos más altos del Cielo hacen travesuras en la vida de las personas. Pero de esto nunca nadie se entera. Esas travesuras llevan la intención de que cada ser pueda vivir el mundo de las coincidencias.

Si la vida se sostiene por instantes, y el milagro de un instante nos hace coincidir, juega a las causalidades, juega el rol de la magia y la magia vendrá como el arte de ser magos.

"Consejo dado por el Maestro Destino a un conjunto de almas que estaban por nacer."

Mientras tanto, desde el Cielo venían observando a este niño, al que los Maestros Celestiales le tenían mucho amor, su niño del alma, así le decían ellos cuando hacían algún comentario sobre su persona.

Y justamente esos Maestros, muy preocupados, solicitaron a los demás Maestros hacer una reunión al atardecer.

Cuando el sol dibujaba el anaranjado en las nubes, todos los Maestros se reunieron en la gran nube azulada.

Tomó la palabra el Maestro que manejaba los tiempos de la Tierra.

—Queridos Maestros, quiero comunicarles que hemos cometido un error en el Alma de Agustín —dijo Metathron, un Maestro al cual en todos los planos del Cielo admiraban muchísimo.
—¿Un error? —preguntó el Maestro encargado de mostrar el destino de cada Alma que llegaba al Cielo.
—El niño no ha pasado por la Ley del Olvido, y recuerda demasiadas situaciones de su vida aquí en el Cielo —dijo Metathron—. Tanta sabiduría, influye de modo negativo en Agustín, no es bueno que a sus ochos años no sea un niño como los demás. La sabiduría debe manifestarse solamente a través de la experiencia con la vida. Veo al niño demasiado solo, y ese disfrutar de la soledad se logra con el transcurrir del tiempo. Pero a él, esa soledad lo aleja demasiado de la gente.
Lo estamos poniendo en una situación de demasiada responsabilidad, él no está disfrutando de su niñez como otros niños. No disfruta de las travesuras como sus compañeros. Se queja de la mediocridad de la gente. Se impone reglas como un adulto maduro. El hecho de que Agustín pueda entender el sufrimiento de su padre, es bueno para él. El que pueda entender en un futuro la muerte de su adorado papá, también lo ayudará, pero hasta aquí debemos llegar.
Él sabe que su Ángel, y todos los Maestros del Cielo lo cuidamos, pero habla demasiado con nosotros. Añora este lugar, no vive lo que podría vivir y demasiada protección del Cielo lo va a hacer olvidarse de sus responsabilidades.

¿Ustedes saben de lo que estoy hablando? Es el problema de muchos fanáticos de las religiones, esos que son demasiado creyentes, todo lo dejan en manos del Dios en el que creen. Cuando las personas lo dejan todo en nuestras manos, no hacen lo suficiente para hacerse cargo de sus vidas, y esto muchas veces suele hacerles daño.

Así culminó el Ángel sus comentarios.
—Ustedes saben que nosotros aquí decimos que las personas hagan en su vida todo lo que les sea posible para ser felices, como si en el Cielo no hubiera nadie que los ayudara, y que luego pidan desde la Tierra hasta nuestro Cielo, que nosotros nos encarguemos de hacer todo lo que ellos nos pidan.
Recuerden que nuestro Maestro Jesús necesitó para su primer milagro unas gotas del agua para poder transformarlas en vino, y también necesitó unos pocos peces y panes para multiplicarlos.
Si las personas no hacen su parte, ustedes saben bien que nosotros tenemos órdenes de no hacer cambios. Esto es mitad de ellos y mitad nuestro, trabajamos en sincronía con esas almas.

—¡Agustín no quiere hacer nada! —dijo un Arcángel entremetiéndose con toda razón en la plática—. El espera que todo se lo demos desde aquí, espera que los milagros vengan solos y eso no será provechoso para su vida.

El silencio y la atención de los Maestros y de los Guías Espirituales eran totales, expresando que aprobaban las palabras del Maestro tan solo con expandir su Luz.

¡Así que decidieron hacerle un cambio al niño, sin siquiera consultarlo con los otros Maestros, ni siquiera con su supremo y amoroso Dios!
Finalmente, pronunció la sentencia el Ángel Metathron.
—Esta noche entraremos en su campo áurico, desactivaremos sus chacras y entraremos con nuestros rayos violetas a su tercera dimensión. Al entrar en su campo causal lo borraremos de su mente, borraremos también las emociones adquiridas en esta vida del Cielo y las experiencias de sus vidas anteriores.

El no se sentirá bien, quizás tenga algo de fiebre, mareos o algún sarpullido en algún lugar de la piel. Síntomas normales que sufren los humanos cuando desde aquí los purificamos.
Los Maestros decidieron esa misma noche borrarle la memoria que no habían querido borrarle antes de que él naciera.

Algunas personas no pasan por la Ley del Olvido y nacen acordándose de cada instante vivido en el Cielo. Los Maestros del Cielo decidieron que con Agustín esto ya no sería así.
Agustín, como ser de Luz especial que es, se acordaba de todas las historias vividas con sus amorosos Maestros. A este tipo de memoria los iluminados celestiales lo consideraban contraproducente para su crecimiento, estaban convencidos de que iba a entorpecer el desarrollo de su vida.
Pero Agustín era demasiado inteligente para olvidarse tan fácilmente de lo que tanto le gustaba recordar.

Esa noche, los Maestros lo trabajaron desde del plano más alto del Cielo, y Agustín durmió muy mal, daba vueltas y vueltas en su cama, tenía calor y esto le hacía sentirse incómodo.
Los Maestros, mientras tanto, hicieron su trabajo.

Agustín se despertó, empapado en sudor, la cabeza se le partía en dos y creía que estaba en una habitación que daba vueltas para un lado y para otro. Con la poca voz que le quedaba, llamó a su madre para que lo asistiera y ella llamó al médico del pueblo. Tuvieron que esperar más de dos horas a que llegara la visita del doctor.
El doctor entró y lo revisó, encontrándole sólo algo de fiebre.
El doctor le dijo a su madre que el niño sólo tenía un estado gripal o la incubación de alguna enfermedad proveniente de un virus. Habría que esperar veinticuatro horas y luego él volvería a visitarlo.
—Regresaré a revisarlo. Que se quede en reposo hasta que se mejore —dijo el doctor mientras recogía sus instrumentos y le recetaba penicilina.
A Agustín lo angustiaban los médicos y las enfermedades, no le gustaba quedarse en la cama, quería salir a jugar en su jardín. Sin embargo, pasaron los días y él seguía sintiéndose mal, no notaba mejoría y su ánimo había decaído, parecía que sufría una especie de nostalgia desconocida.
Un día se acordó de los libros que su padre le había regalado unos días antes de fallecer. Le pidió a su madre que los buscara, le indicó dónde los había guardado y ella se los acercó. Él se dedicó a mirar todas las fotos de elfos, magos, duendes y hadas sin fijar particularmente la atención, hasta que vio una figura de una especie de Ángel, y fijó su vista como añorando algo que ya no recordaba bien qué era.
Se entusiasmó con el juego, y se prometió que una vez que se sintiera bien, haría algunos cambios, entre ellos estaría más en contacto con sus compañeros, e iría a estudiar algo nuevo, como pintura o música. No estaba muy decidido, pero algo haría.
Pasaron quince días, Agustín fue volviendo poco a poco a sus actividades, y su cuerpo fue tomando fuerzas y energía.

Sin embargo, su madre seguía preocupada por el. ¿Había hecho algo mal?, se preguntaba su madre casi todas las mañanas, mientras entraba en su alcoba para llevarle su jugo preferido. Ella había comenzado a sentirse frustrada con el resultado de la educación que le había dado a su único hijo.
Su madre se preguntaba: ¿sería algún tipo de castigo al que la sometía su alma?
Agustín trataba de convencerla de que todo estaba bien, pero no había modo alguno de que su madre le creyera.

Y en el Cielo aterciopelado por los rayos naranja del Sol, uno de los Maestros que observaba la escena como si tuviera una pantalla tridimensional, y con un especie de control remoto en una mesa de cristal que lo sostenía, llamó a otro Maestro silbándole, aunque no tenía boca, y le hizo señas con su energía de que se apresurara para no perderse la escena que estaba viendo y escuchando,
—Mira, ésa es Montea, la madre de Agustín. ¡La reconozco por su energía! Su Alma brilla cada día más y se torna poco a poco más verdosa y luminosa. Ella ha mejorado mucho, en estos tiempos se dedica a sanar, por eso me es fácil identificarla desde aquí. ¡Qué bonito espectáculo! ¿No te parece?
—Si, es hermoso. Cada vez son más las personas que tienen este tipo de Luz —comentó el otro Maestro mientras limpiaba su túnica que se le había mojado con una nube—. Sanadores del nuevo milenio, así le dice a estas almas el Maestro del Tiempo.
—Dime, Maestro, ¿Qué quieres que haga con lo que me muestras? ¿Quieres que ayude a la mamá de Agustín? Pero, ¿Cómo quieres que lo haga? Si el espíritu de Antonio, su esposo, hace uno y mil intentos por entrar al Alma de ella, para aparecerse en sus sueños, pero la ansiedad de ella no se lo permite. Es tanta la desesperación que tiene por verlo, que esto le impide establecer el contacto. Lo único que puedo hacer es hablar con su Ángel y pedirle que la ayude a bajar su impaciencia.
—Sí lo puedes hacer te lo agradecería, no me gusta que nadie sufra.
—Sabes, las personas han hecho un arte de la práctica de sufrir inútilmente. ¡Fíjate si la muerte es tema que valga la pena para apenarse tanto!
—Es que, mi querido Maestro, no hay forma de conformar a las personas cuando muere un ser querido. Cuando lo pueden soñar se preguntan si realmente los visitó en ese sueño, o si fue un sueño con restos diurnos, como dicen los psicólogos.

—¡Así es, todo les cuesta mucho trabajo en la vida!, y me he dado cuenta de que, aunque nuestro amigo el Maestro del Tiempo sabe muy bien cómo curar las heridas de los desapegos, no se apresura para recomponer a cada ser humano de esas pérdidas. No hay un tiempo máximo de vencimiento para el dolor de la pérdida, sólo hay personas a las que les toma más o menos tiempo que a otras recuperarse. Los duelos no tienen un tiempo determinado, no son de dos ni de tres años terrestres. Pueden ser también diez o veinte años, todo depende de la fuerza de voluntad que cada persona pueda poner para soltar su dolor y así poder mejorar. Hay que recordar que finalmente todo es cuestión de actitud.

Y desde la tierra:
Agustín volvió a recordar el juego del rol que le había regalado su adorado padre. Llamó a sus amigos y los invitó a jugar rol esa tarde a las seis.
Llegado el momento, empezaron a aparecer. Cada uno fue llegando y saludando a su modo, sentándose a ver TV mientras llegaban los demás. Había ya refrescos y bocados dulces en la mesa.
Cuando decidieron empezar, hicieron una lista en una hoja de papel, donde anotaron sus nombres y los roles que iban a interpretar. Abrieron el libro, revisaron los roles y tiraron los dados para comenzar el juego.
—Yo seré el Ladrón —dijo Marcos, el amigo más querido por Agustín, que también era el más pequeño de estatura. Los ladrones no tienen más habilidades que correr, trepar, saltar, escuchar ruidos que otros no oyen, pueden vaciar bolsillos y hasta ocultarse entre las sombras.
—¿Y tú que serás? —le preguntó el ladrón a Gennaro, un niño rubio muy bonito.
—Yo seré el Guerrero, sabes que me gustan las peleas.
—¡Si lo sabremos! —dijo Marcos—. A los guerreros les falta inteligencia emocional, como a ti, golpeas por golpear, eres impulsivo, sirves tan solo para pelear.
—No importa, así me gusta ser. Iré siempre al lado del Paladín y nos llevaremos perfectamente. ¿Quién de ustedes será el Paladín?
—Yo no —dijo Agustín—, yo seré el Sabio.
—Yo quiero ser el Mago —dijo Gustavo—, me gusta la destreza que tiene el mago, tendré inteligencia, no seré sabio pero me las ingeniaré para completar mi objetivo, pasaré de nivel y llegaré a mi propósito muy pronto. Crearé una mascota, todo mago tiene una, será parte de mi sangre, ella sentirá lo mismo que yo, me protegerá, y cuando muera mi amada mascota sólo me sentiré débil hasta que pueda crear otra. Usaré el conjuro del tiempo cuando tenga ganas.
Detendré el tiempo cuando lo desee. Cuando haya alguien que quiera molestarme, paralizaré el tiempo para los demás, y yo me escaparé. Seré mago de la época medieval, como el Señor de los Anillos, y resolveré cosas que otros no podrán hacer. Podré también crear otros magos iguales a mí, y entonces conseguiré ocultarme de mi propia magia, o multiplicaré mis yoes para enfrentar a algún rival muy poderoso. Usaré al máximo mis destrezas, cuanto más las pueda utilizar mejor será. Sé que necesitaré para eso el poder de la voluntad, de querer hacer muy bien mi trabajo.
—¿Y sólo por eso quieres ser mago? ¡Pero los magos no son fuertes!
—Es que no necesitan ser fuertes, ¿para qué quieren ser fuertes y musculosos? ¡Su fortaleza está en sus poderes! Además, seré un ser neutral. Buscaré el bien aunque esto implique a veces no estar de parte de la ley.
Dijo otro niño:
—¡Yo seré el Clérigo!, una especie de sacerdote. Mi Dios me concederá poderes, me convertiré en un Druida que goza la naturaleza, cuidando el bosque en el que me toque vivir.
-Yo seré el Sabio. ¡Me gustan los sabios! —dijo Agustín sumamente entusiasmado.
—Tú de sabio como que no tienes mucho —le dijo Gennaro mostrándole sus faltas de ortografía en la hoja en que estaba escribiendo las fichas de sus amigos—. ¡Ja, ja, ja!
—¿Cómo que no tengo nada de sabio? ¡Observa esto!
Y Agustín les mostró a sus amigos cómo se metía en la boca un puñado de pasitas con chocolate.
Puso cara simpática y, cuando pudo hablar, les dijo:
—¡Miren cómo los disfruto!
—¿Y eso qué tiene que ver?, ¿Estás loco?
—No, miren: sabio es quien sabe algo que puede beneficiar a los demás y lo comunica. En cuanto entiendes sus enseñanzas y las aplicas, tú te beneficias. Cuando yo me vaya de esta vida quisiera dejarles a quienes me conocen un buen sabor, sabor a sabiduría.
Y todos quedaron en silencio.
Agustín terminó preguntando:
—¿Entendieron?
Y todos los niños se dispusieron a comerse los dulces que estaban sobre la mesa, cuando Agustín, haciendo muecas graciosas, dijo;
—Hay que ser sabio para comerse con ganas todo lo que te guste.
Y todos se rieron sin entender demasiado el comentario que había hecho Agustín.
—Dime Agustín —dijo Gerardo—. ¿Vivirás en el bosque, o te gustaría otro lugar?
—¡Claro! ¿No sabes que los Sabios, Maestros y Guías viven solamente en los bosques? ¿Quieres saber por qué?
—Yo viviría en una playa —dijo Gennaro haciendo señas de tirarse a tomar el sol.
—No puedes —dijo Agustín subiendo el tono de voz.
—¿Por qué? —reclamó Gennaro.
—Porque en ninguna historia se vale. Si a ti te gustan las montañas y los bosques, es porque estás buscando sabiduría, pero si te gusta el mar, es porque necesitas sanar tus emociones. Y si no, dime en qué cuento dice: "ve a buscar al sabio que está en la playa".
—Ja, ja, está bien, de acuerdo. Viviré en el bosque. Después de todo me da igual. Pero cada uno puede hacer su propia aventura —declaró Gennaro.
—Claro que sí, pero en este juego debe haber un narrador, que nos dirá qué podemos y qué no podremos hacer. Y hablando del narrador —comentó Agustín—. ¿Quien va a ser? Alguien tiene que jugar ese papel, alguien tiene que dirigirnos. —dijo el dueño del juego muy seriamente.
—Buscaré a Gerardo, él sabe hacerlo —dijo Marcos.
—Entonces dile que deje los videojuegos y venga —dijo Agustín, un poco molesto por tanta demora.
—Ya, ¡aquí estoy!, ¿me necesitaban? —dijo el aludido.
—¡Claro!, queremos que juegues de narrador con nosotros. Para jugar ese rol deberás contar con iniciativa y fuerza moral, deberás cuidar tu cuerpo y tu constitución física resistirá a las enfermedades. Tendrás que tener inteligencia, sabiduría y mucho carisma.
—¿Carisma? —preguntó Esteban, el hermano menor que acompañaba a Gerardo.
Agustín tomó la palabra muy seriamente y dijo:
—Carisma es la atracción que genera cada persona cuando se encuentra con otra por primera vez. Alguien no es carismático cuando dice una cosa y piensa otra, no puede tener carisma quien no es sincero y congruente. Te daré un ejemplo: el Paladín en este juego es el personaje que tiene más carisma. Inclusive es el líder del grupo, no te olvides que es el más dotado de dones.
—¿Y quién será el Paladín? —preguntó Marcos.
—Pues nos falta un jugador —agregó Gennaro.
—¡Llama a Rebeca! —dijo Mónica metiéndose cómodamente en la conversación—. Ella sabe jugar.
—No la dejaran venir. Tú sabes, somos todos varones —dijo Agustín.
—Inténtalo, nada pierdes con probar, el "NO" ya lo tienes. Casi todo en la vida es "NO" hasta que lo conviertes en "SI" —dijo su madre riéndose pícaramente, y uno de los niños fue a hablar por teléfono para invitar a la niña.
—Toma el dado —le dijo Agustín al niño sentado a su lado—. Quiero que dirijas el juego. El dado representará la única parte del azar en el juego. Tira bien el dado —dijo Agustín—, según como salga, podremos ir realizando los conjuros.

Al paso de los días, con el transcurso de varias sesiones del juego de rol, sus amigos se fueron reencontrando con un chico más abierto, no tan meditativo ni tan profundo, sólo un niño normal, casi como ellos.
Este cambio fue una gran alegría para su madre, que había estado preocupada por su anterior comportamiento.

Mientras tanto, en el Cielo…
—¿Escuchaste esa conversación? Parece que están jugando al juego de la vida —comentó un Maestro a otro—. Ellos forman diferentes juegos con sus vidas, eligen, se corrigen, se llenan de magia y de ilusiones. No son ni malos ni buenos, ni blancos ni negros, es el mismo juego el que les marca las diferencias. A ellos no los condiciona la clase de personas que son sino lo que creen que pueden ser.

Y en la casa de Agustín…
Agustín siempre asistía al juego, y entre ir a la escuela y jugar, parecía que su vida se había convertido en la de un niño casi normal. Pero él sabía que había algo que lo diferenciaba del resto de los niños.
Su madre seguía en duelo por la muerte de su esposo, no quería olvidarlo y vivía apegada a su recuerdo. No había cambiado de lugar sus cosas, ni siquiera había querido deshacerse de su ropa.
Pero Agustín un día le dijo:
—¡Basta ya del dolor! ¡Madre!, por favor deja de llorar y quita los recuerdos de mi papá de esta casa, a ti no te hace bien y a mí tampoco.
—No quiero olvidarlo, hijo, quiero tener siempre estos recuerdos.
Agustín le reclamó la testarudez que ella tenía con todo, inclusive también con él.
—Ya no quiero vivir en este pueblo, vamos a vender la casa.
—¡Pero yo no me quiero ir! —dijo su madre enojada.
Agustín estaba de pie en la cocina con una taza de leche en su mano, y tiró la leche en una jarra, con ganas de estrellar la taza contra la pared, pero se frenó. Sólo salió dando un portazo y caminó mucho, entre los arbustos de los cerros y los árboles de eucalipto. El sol le pegaba en la cara como buscando darle luz, pero él ni siquiera lo notó. Sólo podía sentir su rabia y su temor. Caminó hasta llegar a la puerta de la Iglesia en la que había sido bautizado, y al verla abierta entró y fue acercándose hasta el altar.
En vísperas de Semana Santa, las iglesias se mantienen a media luz, con un silencio agradable que invita a reflexionar.
Agustín miró a Jesús y no quiso pedirle nada. Sólo lo miró como reclamándole que le devolviera algo, algo que creía recordar que había tenido, pero que no podía identificar… 
Repitió ese pedido cada vez que podía, y también siguió con la misma idea de cambiarse de casa, y riñendo de vez en cuando con su madre.
Ella ahora empezaba a quejarse de que el niño se había vuelto rebelde, que no era el mismo niño dócil de antes.

Mientras tanto, en el Cielo…
Algunos de los Maestros, incluidos el del Destino y el del Tiempo, se sentían satisfechos por el trabajo realizado con Agustín en su memoria espiritual. Los Maestros no lo olvidaban, y de vez en cuando le echaban una miradita. El Maestro del Tiempo le hizo un comentario al Maestro del Destino:
—¡Parece que las madres nunca están conformes con sus hijos! Cuando piden desde la Tierra que hagamos algo para que su hijo cambie y nosotros lo ayudamos a crecer, ellas luego se quejan de que su hijo ya no es el mismo de antes. ¡Y cuando no cambian, se quejan porque no cambian! Debe ser difícil ser madre, ¿no te parece?
—Debe ser más difícil ser hijo. Imagínate, las madres siempre desean lo mejor para ellos pero muchas veces cometen errores con lo que piden. Por otra parte, algunos hijos no pueden entender a las madres que eligieron. Ellos sólo creen que sus madres son sencillamente las que tenían que tocarles, y no se hacen responsables de la elección realizada en este Cielo.
El señor Destino agregó:
—Nosotros sabemos que en la vida todo se soluciona, que los problemas realmente no existen, sino que están sólo en la imaginación de las personas, pero ellas no están lo suficientemente "despiertas" en sus vidas, y no se percatan de esto.

*Extracto de "Francesco decide volver a nacer"

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